miércoles, 27 de enero de 2016

Digo que el pájaro pasa por el aro

Digo que el pájaro pasa por el aro.
Ya no es pájaro.
Busquemos otro nombre
para llamar al duelo,
al aire,
al nido.
Digo que un aro
es al fin y al cabo un agujero.
Ya no puedo
confiar mi vuelo a la suerte.
Ya no puedo llegar a pájaro
partiendo de salvaje.

lunes, 25 de enero de 2016

Las mismas normas

Este gran mundo, con sus pequeños submundos que se superponen entre sí, rigiéndose a su vez por las mismas normas.
De esta manera, el más inepto puede ser el más aclamado y puede el más brillante quedar relegado al último puesto.
El más tonto recibe una invitación inesperada y se agarra al clavo ardiendo, hasta que se lo piensa dos veces.
El más listo tiene la mala suerte de ser también el más feo.
Algunos prepararon su discurso el día que abandonaron COU, y lo llevan en un folio manoseado en el bolsillo, a la caza y captura de algún púlpito.
Otros tuvieron un pálpito y han decidido pasar a la acción revisando todo su imaginario, porque el camino está vivo y es mejor resoplar que observar a los que pasan resoplando.
Hay lugares donde es difícil respirar.
Hay hogares donde nunca hace calor.
Al final todo se rige por las mismas normas.
Y es así como la poesía puede llegar a agotarme tanto o más que la política.

sábado, 23 de enero de 2016

Nakata

Nakata es un hombre estúpido.
Nakata es un hombre que no sabe escribir su nombre en un papel.
Nakata es capaz de comunicarse con los gatos.

Yo estaba totalmente atascada dentro de Kafka en la orilla, de Murakami, y ahora me agarro a él y no lo suelto, con la fe de que al superar sus quinientas veinticinco páginas, la revelación de algo imprescindible que llevo años esperando, vendrá a mí y curará mis ojos.
No será así, pero si hay que atravesar la noche larga, prefiero que sea con una luciérnaga en la mano.

viernes, 22 de enero de 2016

No amanece el cantor

José Ángel Valente

Gracias a un amigo, cayó en mis manos hace unos meses No amanece el cantor, de José Ángel Valente.
Me leí este poemario sin conocer su trasfondo ni la tremenda circunstancia personal del autor (la muerte de su hijo), y en realidad me alegro de que haya sido así, porque para leer y disfrutar de  No amanece el cantor no es necesario ese dato.  El autor mismo no se refiere a la muerte de su hijo de forma explícita a lo largo de su prosa poética, y sin embargo, el lector recorre igualmente ese camino, rotundo e implacable, hacia la nada, el vacío y la ausencia.  Un camino desnudo, alejado del adorno inútil pero terriblemente certero.


No amanece el cantor


Inmersión de la voz. Las aguas. Entraste en el origen. Cabeza decapitada junto al mar. Después no quedan más silencios.


Y tú, ¿de qué lado de mi cuerpo estabas, alma, que no me socorrías?


Veo, veo. Y tú ¿qué ves? No veo. ¿De qué color? No veo. El problema no es lo que se ve, sino el ver mismo. La mirada, no el ojo. Antepupila. El no color, no el color. No ver. La transparencia.

jueves, 21 de enero de 2016

El vagabundo




El vagabundo desacelera cuando se acerca al puesto de fruta del Coso bajo. 
Mira de reojo hacia el interior de la tienda pero no tiene miedo. 
Coge una naranja reluciente. 
No tiene miedo.
Su mano abarca toda la redondez de la fruta y se la lleva a la boca, sin quitarle la piel, como para no dejar rastro ni pista que delate su pequeño atrevimiento.
Pero no tiene miedo.
Nadie le ve.
Sólo yo, que me quedé dormida unos segundos sobre esa caja de naranjas, antes empezar a subir y subir y subir al Coso alto.